COMPETENCIAS PARA LA VIDA · EDGAR TELPALO CONSULTING

Escuchar parece fácil… hasta que alguien piensa diferente

Escuchar no significa dar la razón. Comprender antes de responder puede mejorar conversaciones familiares, de pareja, escolares, sociales y laborales.

Edgar Telpalo Consulting · Competencias para la Vida · 8 de octubre de 2026 · corte 04:21 h
Escuchar parece fácil… hasta que alguien piensa diferente
Imagen editorial de la serie Competencias para la Vida / Edgar Telpalo Consulting.

Escuchar no significa quedarnos callados mientras esperamos nuestro turno para responder. Mucho menos significa estar de acuerdo. Aprender a escuchar implica intentar comprender qué está diciendo la otra persona antes de decidir qué pensamos sobre ello.

Pensemos en una discusión cualquiera.

Puede ser con nuestra pareja. Con un hijo. Con un amigo. En una reunión de trabajo.

La otra persona comienza a explicar su punto de vista y, mientras habla, nosotros ya estamos pensando:

“Eso no fue así.” “Está exagerando.” “En cuanto termine le voy a explicar por qué está equivocado.” “Ya sé perfectamente lo que va a decir.”

Y quizá permanecemos en silencio. Incluso podemos mirarla a los ojos.

Pero… ¿realmente estamos escuchando?

Probablemente estamos haciendo algo mucho más común: esperando nuestro turno para hablar.

Oír y escuchar no son exactamente lo mismo

Oír es recibir sonidos.

Escuchar implica prestar atención, procesar información e intentar comprender el significado de lo que otra persona comunica.

Y no sólo con palabras.

También intervienen contexto, tono, pausas, preguntas y aquello que quizá todavía no se ha expresado con claridad.

La investigación contemporánea sobre escucha describe la escucha de alta calidad alrededor de características como atención, comprensión y una disposición positiva hacia quien habla.

Dicho de manera sencilla:

Escuchar bien significa hacer sentir al otro que estamos intentando comprenderlo.

Eso no garantiza que vayamos a darle la razón.

Comprender no significa estar de acuerdo

Podemos escuchar perfectamente una idea y continuar pensando diferente.

Parece obvio. Pero en la práctica nos cuesta mucho.

Una investigación publicada en Psychological Science encontró algo muy interesante: las personas tienden a interpretar el desacuerdo como señal de que el otro escuchó mal, incluso cuando objetivamente mostró buenas conductas de escucha. En once estudios con más de 3,000 adultos, los participantes consideraron peores oyentes a quienes no coincidían con ellos.

Es decir: a veces confundimos “me escuchaste” con “terminaste pensando como yo”.

Y no son lo mismo.

Podemos decir: “Entiendo por qué lo ves así” sin decir: “Estoy de acuerdo contigo.”

Esa diferencia puede transformar muchas conversaciones.

Una escena familiar

Un adolescente dice: “Nunca me escuchan. Siempre deciden todo por mí.”

Como padres podemos reaccionar inmediatamente: “¿Cómo que nunca te escuchamos?”, “¡Todo lo hacemos por ti!” o “Cuando seas adulto entenderás.”

Quizá incluso tengamos buenos argumentos. Pero todavía no sabemos exactamente qué quiso decir nuestro hijo.

Podríamos preguntar: “Cuando dices que no te escuchamos, ¿en qué situaciones lo sientes?”

La conversación cambia.

No estamos aceptando automáticamente que tenga razón. Estamos intentando obtener información antes de defendernos.

Puede responder: “Cuando intento explicar por qué quiero salir, ya me están diciendo que no antes de escucharme.”

Ahora tenemos algo concreto sobre lo cual conversar.

Podemos mantener el límite. Podemos decir: “Entiendo que eso te molesta. Aun así, hoy no puedes salir por estas razones.”

Escuchar no eliminó el límite. Lo hizo más comprensible.

¿Por qué nos cuesta tanto escuchar?

Hay varias razones.

Una es muy sencilla: queremos responder.

Mientras la otra persona habla, nuestro cerebro va preparando argumentos. Especialmente cuando sentimos que cuestionan nuestras decisiones, nuestra experiencia, nuestros valores, nuestra conducta o nuestra identidad.

En conversaciones donde existe desacuerdo, la escucha se vuelve todavía más difícil porque podemos entrar rápidamente en una lógica de defensa y contraargumentación.

Investigaciones recientes muestran precisamente que una escucha de mayor calidad durante un desacuerdo puede reducir la defensividad y favorecer una reflexión menos polarizada sobre la propia posición.

No significa que las personas abandonen automáticamente sus ideas. Significa que una conversación puede dejar de sentirse como una batalla.

Cuando escuchamos sólo para contestar

Pensemos en esta conversación:

—“Me molestó que ayer tomaras esa decisión sin preguntarme.”
—“Pues tú haces exactamente lo mismo.”

La segunda persona escuchó las palabras. Pero no respondió al contenido. Respondió con una defensa.

Otro ejemplo:

—“Últimamente siento que pasamos poco tiempo juntos.”
—“¿Y tú crees que yo no estoy cansado?”

Nuevamente, quizá exista una explicación válida. Pero la conversación nunca llegó a la pregunta inicial: “¿Qué está sintiendo la otra persona y qué quiere decirme?”

A veces una respuesta perfectamente lógica puede ser una pésima respuesta conversacional.

Antes de responder, verifica

Existe una práctica muy sencilla que puede ayudarnos: parafrasear.

No significa repetir como robot lo que la otra persona acaba de decir. Significa expresar con nuestras palabras lo que creemos haber comprendido.

Por ejemplo: “Entonces lo que me estás diciendo es que no te molestó tanto la decisión, sino que no te tomara en cuenta. ¿Te entendí bien?”

Ahora la otra persona puede decir: “Exactamente.” O: “No, en realidad lo que me molestó fue otra cosa.”

En ambos casos ganamos algo: información.

Y la información reduce el riesgo de discutir durante media hora sobre algo que nadie quiso decir.

Una herramienta sencilla: ECO

E — ESCUCHA

Deja terminar la idea. No prepares inmediatamente tu defensa. Intenta identificar: ¿qué me está diciendo realmente?

C — CONFIRMA

Utiliza frases como: “Si te entendí bien…”, “Lo que estás diciendo es…”, “Entonces para ti lo importante fue…” y pregunta: “¿Te entendí correctamente?”

O — OBTÉN CONTEXTO

Antes de concluir, pregunta: “¿Qué pasó después?”, “¿Por qué fue importante para ti?”, “¿Qué necesitas?”, “¿Qué te gustaría que fuera diferente?”

Escuchar → confirmar → obtener contexto.

Parece sencillo. Pero requiere práctica.

Con nuestros hijos: escuchar no significa conceder

Este punto es particularmente importante.

Muchos padres pueden pensar: “Si escucho demasiado, terminará haciendo lo que quiera.”

No.

Podemos escuchar y mantener un límite.

Un niño dice: “No quiero irme todavía del parque.” Podemos contestar: “Entiendo que quieras quedarte. Te estás divirtiendo.” Y después: “Pero ya es hora de irnos.”

Validamos la experiencia. No cambiamos necesariamente la decisión.

La diferencia está en que el niño escucha: “Lo que siento es reconocido.” No: “Lo que siento determina siempre lo que ocurrirá.”

Son aprendizajes distintos.

Escuchar también puede ayudar a poner mejores límites

Supongamos que un adolescente pide permiso para algo que consideramos inconveniente.

Antes de responder podemos preguntarle: “¿Por qué es importante para ti?”, “¿Con quién vas?”, “¿Cómo regresarías?”, “¿Qué plan tienes si ocurre algo?”

Escuchar no garantiza que terminemos diciendo sí. Pero nuestra decisión puede estar mejor informada.

Y el adolescente aprende algo: puedo expresar mis razones aunque la respuesta final no sea siempre la que quiero.

Eso también es educación para la vida.

En pareja ocurre algo parecido

Muchas discusiones de pareja se vuelven interminables porque ambos quieren demostrar primero que su versión es la correcta.

Pero en las relaciones humanas pueden coexistir experiencias diferentes.

Uno puede decir: “Yo no quise lastimarte.” Y la otra persona: “Pero me lastimó.” Ambas cosas pueden ser ciertas.

La intención de uno no elimina automáticamente el impacto experimentado por el otro.

Escuchar permite preguntar: “¿Qué fue exactamente lo que te lastimó?” En lugar de convertir toda la conversación en: “Pero ésa no era mi intención.”

¿Y cuando realmente pensamos que el otro está equivocado?

Entonces escuchar sigue siendo útil. Porque para cuestionar una idea necesitamos comprenderla.

No podemos responder correctamente a un argumento que hemos entendido mal.

Podemos decir: “Entiendo que tú partes de esta idea. Yo lo veo diferente por estas razones.”

Eso es desacuerdo. No necesariamente conflicto.

Una investigación publicada en 2026 encontró que, durante desacuerdos, quienes experimentaron una escucha de alta calidad reportaron mayor bienestar momentáneo, conexión y satisfacción de necesidades psicológicas que quienes recibieron escucha de menor calidad.

Otra investigación reciente encontró que conversaciones habladas sobre desacuerdos produjeron, en promedio, más comprensión y menor conflicto que intercambios escritos, en parte porque la conversación oral transmite mejor señales de receptividad.

Eso nos deja una reflexión muy actual.

Tal vez algunos desacuerdos importantes no deberían resolverse por WhatsApp.

El problema de discutir por mensajes

Los mensajes tienen enormes ventajas. Son rápidos. Prácticos. Nos permiten comunicarnos a distancia.

Pero eliminan mucha información conversacional.

No escuchamos el tono. No vemos completamente la reacción. No podemos corregir inmediatamente una interpretación. Y mientras esperamos una respuesta podemos comenzar a imaginar intenciones.

Para ciertas conversaciones importantes podría ser mejor decir: “Creo que esto lo estamos entendiendo diferente. ¿Podemos hablar?”

La investigación reciente sugiere que solemos subestimar precisamente lo constructiva que puede resultar una conversación directa frente a un desacuerdo.

Escuchar tampoco significa soportar cualquier cosa

Necesitamos otro matiz.

Escuchar no exige permanecer en una conversación donde existen insultos, amenazas, violencia, humillación, manipulación o falta sistemática de respeto.

Podemos intentar comprender y al mismo tiempo decir: “No voy a continuar esta conversación mientras me hables de esa manera.”

Escuchar y poner límites son competencias compatibles.

De hecho, saber qué está ocurriendo puede ayudarnos a poner un límite más claro.

En el trabajo: una habilidad que parece sencilla y cambia mucho

Imaginemos una reunión. Un colaborador plantea un problema. El jefe responde rápidamente: “Sí, ya sé qué pasa. Haz esto.”

Quizá acierte. Pero quizá acaba de resolver un problema distinto.

Una pregunta tan sencilla como: “Antes de proponerte algo, ¿qué has intentado hasta ahora?” puede descubrir información importante.

Lo mismo ocurre con clientes, compañeros, proveedores y equipos.

La escucha de calidad se ha estudiado también en negociación. Una revisión publicada en 2026 señala tres trampas frecuentes: enfocarnos demasiado en nosotros mismos, intentar resolver el desacuerdo demasiado rápido y prestar atención únicamente a lo dicho sin explorar lo que todavía no se ha expresado.

A veces escuchar durante dos minutos evita solucionar durante una hora el problema equivocado.

Una pequeña práctica para hoy

La próxima vez que alguien te cuente algo importante, prueba algo.

Durante los primeros dos minutos: no aconsejes.

No digas: “Yo en tu lugar…”, “A mí me pasó…”, “Lo que tienes que hacer es…” o “Eso no es nada…”

Sólo intenta escuchar, preguntar y confirmar.

Después puedes aportar tu opinión.

Quizá descubras algo interesante: muchas veces empezamos a resolver antes de terminar de comprender.

Tres preguntas antes de contestar

  1. ¿Entendí realmente lo que quiso decir? No lo que creo que quiso decir. Lo que quiso decir.
  2. ¿Necesito más información? Quizá una pregunta sea más útil que una respuesta.
  3. ¿Quiero comprender o quiero ganar? No siempre son objetivos compatibles.

Escuchar cuando pensamos diferente

Quizá ahí está el verdadero reto.

Escuchar a alguien con quien estamos completamente de acuerdo es relativamente sencillo.

Escuchar cuando sentimos: “Está equivocado”, “No entiende”, “Eso es absurdo” o “¿Cómo puede pensar así?” requiere algo distinto.

No renunciar a nuestras ideas. Sino contener durante unos minutos la urgencia de demostrar que tenemos razón.

La investigación sobre desacuerdos muestra justamente que escuchar de forma atenta y receptiva puede reducir defensividad y facilitar conversaciones más constructivas incluso cuando las posiciones siguen siendo distintas.

Tal vez una sociedad que quiera conversar mejor no necesita personas que piensen igual.

Necesita personas capaces de escuchar aunque no piensen igual.

Una idea para quedarnos hoy

Escuchar no significa callarnos.

No significa obedecer.

No significa conceder.

No significa renunciar a nuestra opinión.

Puede significar algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, bastante difícil:

darle a otra persona la oportunidad de terminar de explicar su mundo antes de empezar a defender el nuestro.

Y quizá ahí comienza una conversación de verdad.

Próxima entrega

¿Se puede decir “no” sin sentir culpa?

Hablaremos de asertividad y límites. ¿Por qué a algunas personas les cuesta decir no? ¿Por qué otras confunden poner límites con imponerlos? ¿Y cómo podemos expresar lo que necesitamos sin convertir la conversación en agresión o sometimiento?

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Contenido de Edgar Telpalo Consulting publicado en CHOLULA HOY.