COMPETENCIAS PARA LA VIDA · ENTREGA 05

Autoestima: querernos no significa pensar que todo lo hacemos bien

Una autoestima saludable no consiste en sentirnos extraordinarios todo el tiempo. También implica aceptar límites, aprender de los errores y conservar una valoración personal estable.

CHOLULA HOY · Redacción · 6 de octubre de 2026 · actualización 11:35 h
Autoestima: querernos no significa pensar que todo lo hacemos bien
Imagen de contexto: acompañamiento y autonomía infantil / Unsplash.

Un niño llega a casa emocionado con un dibujo. Nos lo enseña y, queriendo hacerlo sentir bien, respondemos: “¡Está increíble! ¡Eres el mejor dibujante del mundo!”. La intención es buena: queremos transmitirle seguridad, ayudarlo a creer en sí mismo y fortalecer su autoestima.

Pero aparece una pregunta incómoda: ¿la autoestima se construye diciéndole constantemente a alguien que todo lo hace extraordinariamente bien?

No necesariamente. Y ahí conviene empezar por definir mejor de qué estamos hablando.

No es creernos superiores

En lenguaje cotidiano mezclamos “quererse”, “tener confianza”, “sentirse capaz” y “tener autoestima”. La autoestima se relaciona con la valoración general que hacemos de nosotros mismos. Una persona puede pensar: “Tengo valor, aunque haya cometido un error”. Eso es distinto de pensar: “Soy mejor que todos y no tengo nada que aprender”.

La investigación psicológica distingue autoestima de narcisismo. En estudios con niños, la calidez parental se ha relacionado con autoestima, mientras la sobrevaloración —transmitir que el niño es superior o merece privilegios especiales— se ha asociado con rasgos narcisistas.

Podemos enseñar a un hijo “eres valioso” sin enseñarle “eres superior”.

Autoestima, autoconcepto y autoeficacia no son lo mismo

Autoconcepto es la descripción que construimos sobre nosotros: “soy tímido”, “se me facilitan las matemáticas”, “me cuesta hablar en público”, “soy padre”, “soy estudiante”.

Autoestima tiene más que ver con cómo valoramos globalmente a esa persona que somos.

Autoeficacia, concepto desarrollado ampliamente por Albert Bandura, se refiere a la percepción de si somos capaces de realizar una tarea concreta o alcanzar ciertos resultados: “creo que puedo aprender a manejar”, “puedo resolver este problema”, “aunque todavía no sé hacerlo, puedo aprender”.

Una persona puede tener una autoestima razonablemente buena y sentirse poco eficaz para hablar en público. O puede ser profesionalmente muy competente y, al mismo tiempo, mantener una valoración personal frágil.

Por eso “tienes que creer más en ti” puede ser demasiado vago. ¿Creer qué exactamente?

Una autoestima saludable acepta la realidad

Imaginemos que alguien canta muy mal. Si queremos cuidar su autoestima, ¿debemos decirle que canta extraordinariamente? Probablemente no.

Podemos valorar a la persona sin falsear la realidad. Con un niño podemos cambiar “¡eres el mejor!” por preguntas y observaciones más específicas: “Veo que trabajaste bastante”, “¿qué parte te gustó más?”, “¿qué fue lo más difícil?”, “¿quieres intentar otra vez esta parte?”.

Le transmitimos un mensaje más estable: puedes hacer algo bien, hacerlo mal, aprender, mejorar y seguir siendo igualmente querido.

El problema de tener que ser siempre extraordinario

Crecer escuchando “eres el más inteligente”, “eres el mejor”, “todo lo haces perfecto” puede sonar fortalecedor. Pero también puede crear una presión silenciosa: “Para seguir siendo valioso, tengo que seguir demostrando que soy extraordinario”.

La vida inevitablemente nos confronta con alguien que hace algo mejor, con una derrota, una mala calificación, un error o una situación en la que somos simplemente promedio.

Una autoestima más estable necesita sobrevivir a ese descubrimiento.

¿Entonces no debemos elogiar?

El elogio puede ser afectuoso, motivador y útil. La pregunta es cómo se utiliza.

Investigaciones clásicas encontraron que elogiar rasgos personales —por ejemplo “eres muy inteligente”— podía producir respuestas menos adaptativas ante el fracaso que poner atención en procesos como estrategia, esfuerzo o aprendizaje. Estudios posteriores muestran que el contexto importa y que tampoco existe una receta universal.

Por eso “elogia el esfuerzo” tampoco debe convertirse en una frase mecánica. Si el niño no se esforzó, decir “¡qué gran esfuerzo!” pierde credibilidad.

El reconocimiento útil tiende a ser honesto, específico y conectado con algo real: “Encontraste otra forma de resolverlo cuando la primera no funcionó”, “seguiste intentando aunque iban perdiendo”, “esto te quedó bien, ¿qué hiciste diferente?”.

La autoestima también se construye haciendo cosas

Supongamos que una niña quiere amarrarse los zapatos. El adulto tiene prisa y puede hacerlo en diez segundos. Quizá ese día sea lo más práctico. Pero si ocurre siempre, la niña pierde oportunidades para experimentar algo fundamental: “yo puedo”.

Primero no puede. Después necesita ayuda. Luego lo hace lentamente. Finalmente lo consigue sola. Ahí aparece una fuente poderosa de seguridad: la experiencia de competencia.

No es solamente alguien diciéndole “tú puedes”. Es ella descubriendo “pude hacerlo”.

Equivocarse no destruye una autoestima saludable

También los adultos confundimos autoestima con protección frente al error. Alguien critica nuestro trabajo y pensamos “no sirvo”. Un proyecto falla y concluimos “soy un fracaso”. Una relación termina y pensamos “nadie me va a querer”.

Una cosa es “este proyecto fracasó”. Otra, “yo soy un fracaso”. Una cosa es “cometí un error”. Otra, “soy un error”.

Una autoestima saludable ayuda a separar la conducta de nuestro valor total como personas.

La autoestima importa, pero no explica todo

La investigación contemporánea encuentra relaciones entre autoestima y resultados importantes en relaciones, escuela, trabajo y salud mental. Pero los efectos no son milagrosos.

Durante años se difundió una idea demasiado simple: “Si elevamos la autoestima, todo lo demás mejorará”. La evidencia no permite sostener algo tan automático.

También necesitamos competencias, relaciones, oportunidades, disciplina, aprendizaje, hábitos, condiciones sociales y experiencias reales de logro.

No basta con sentirnos capaces. También necesitamos desarrollar capacidades.

Con nuestros hijos: amor sin convertirlos en el centro del universo

Queremos que sepan: “te quiero”, “eres importante para mí”, “puedes contar conmigo”, “un error no cambia mi amor por ti”. Esos mensajes pueden ofrecer una base muy fuerte de seguridad.

Pero son diferentes de: “eres más especial que los demás”, “mereces todo”, “siempre tienes razón”, “el problema siempre son los otros”, “nunca vamos a permitir que pierdas”.

Un mensaje más sano podría ser: “Te quiero profundamente y precisamente por eso también voy a ayudarte a aprender que existen límites, responsabilidades, errores y otras personas que merecen el mismo respeto que tú”.

¿Qué ocurre en la adolescencia?

Durante la adolescencia la valoración personal puede volverse especialmente sensible a apariencia, amistades, pertenencia, aceptación, desempeño académico, redes sociales y relaciones afectivas.

Un adolescente no necesita únicamente escuchar “eres increíble”. Necesita experiencias que le permitan descubrir: “tengo capacidades”, “hay cosas que me cuestan”, “puedo aprender”, “puedo equivocarme”, “no necesito gustarle a todo el mundo”, “puedo pedir ayuda”.

Y nosotros, los adultos

También conviene preguntarnos de qué depende nuestra valoración personal. ¿Del trabajo? ¿De ganar? ¿De tener razón? ¿De la apariencia? ¿De nuestra pareja? ¿De los ingresos? ¿De cuántas personas reaccionan a una publicación?

La psicología habla de contingencias de autoestima para describir los ámbitos en los que depositamos especialmente nuestro valor personal. Si todo depende de un solo terreno, cualquier amenaza en ese lugar puede sacudir nuestra percepción completa.

Una pequeña práctica

Piensa en algo que recientemente hiciste mal y completa:

  1. Lo que ocurrió fue… Describe el hecho.
  2. Lo que necesito aprender es… Sin insultarte.
  3. Algo que sí puedo reconocer en mí es… Una capacidad, valor o conducta real.
  4. Mi siguiente acción será… Algo concreto.

Por ejemplo: “Me equivoqué en la presentación. No preparé suficientemente los datos. Sé comunicar bien cuando estoy preparado. Antes de la siguiente reunión revisaré la información con un día de anticipación”.

Eso es muy diferente de “soy malísimo para esto”. Una respuesta nos ayuda a aprender; la otra convierte un episodio en identidad.

Una idea para quedarnos hoy

Quizá una autoestima saludable no consiste en mirarnos al espejo y convencernos de que somos extraordinarios. Puede ser algo más tranquilo:

Tengo valor aunque no sea perfecto. Tengo capacidades y también limitaciones. Puedo equivocarme sin convertirme en mi error. Puedo aprender sin sentirme menos. Y no necesito ser superior a nadie para sentirme digno de respeto.

Eso también podemos enseñar a nuestros hijos: no haciéndoles creer que siempre serán los mejores, sino ayudándolos a descubrir que no necesitan ser los mejores para sentirse valiosos.

En la próxima entrega

Escuchar parece fácil… hasta que alguien piensa diferente. Hablaremos de escucha activa, de por qué comprender no significa necesariamente estar de acuerdo y de cómo escuchar puede modificar una conversación familiar, de pareja, escolar o laboral.