COMPETENCIAS PARA LA VIDA · DESARROLLO HUMANO

Cuando discutir se vuelve personal: cómo evitar que un desacuerdo termine en ataque

Cómo separar una conducta de la identidad de la persona y transformar el conflicto en una conversación productiva.

CHOLULA HOY · Autoría: Edgar Telpalo Consulting · Publicación domingo 11 de octubre · Edición #058
Personas dialogan alrededor de una mesa; fotografía de archivo que ilustra la comunicación interpersonal.IMAGEN DE CONTEXTO · ARCHIVO
Personas en una conversación grupal. Fotografía documental de archivo utilizada exclusivamente como contexto visual: no corresponde a un caso real descrito en el texto. Foto/mapa y procedencia: Harless Todd / U.S. Fish and Wildlife Service · Licencia: Dominio público

Una cosa es cuestionar una conducta, una decisión o una idea. Otra muy distinta es utilizar el conflicto para definir a la persona: «eres egoísta», «nunca entiendes», «siempre haces lo mismo». Cuando dejamos de hablar del problema y comenzamos a atacar quién es el otro, la conversación cambia por completo.

Pensemos en una escena bastante común. Alguien llega tarde.

La otra persona podría decir:

«Habíamos quedado a las ocho y llegaste a las nueve sin avisarme».

Pero también podría decir:

«Eres un irresponsable. Nunca piensas en los demás».

En ambos casos existe molestia. Pero no estamos diciendo lo mismo. La primera frase habla de una conducta concreta. La segunda convierte esa conducta en una definición de la persona.

Y a partir de ahí es mucho más probable que la respuesta sea: «¡Yo no soy irresponsable!», «¿y tú qué?» o «pues tú haces cosas peores».

En pocos segundos dejamos de hablar de la hora de llegada. Ahora estamos discutiendo sobre quién es peor persona.

Cuando el problema deja de ser el problema

En la entrega anterior hablamos de conflicto. Decíamos que pensar diferente no necesariamente es el problema. Hoy damos un paso más.

Durante una diferencia podemos mantener la conversación en lo que pasó o desplazarla hacia cómo es la otra persona.

Comparemos:

Quizá detrás de la segunda frase exista una molestia legítima. Pero al convertir una conducta en una etiqueta global hacemos más difícil resolver lo ocurrido.

La otra persona deja de escuchar «necesito que cambie algo» y puede empezar a escuchar «hay algo malo en mí».

Una queja no es lo mismo que una crítica personal

Esta distinción ha sido especialmente estudiada en las relaciones de pareja.

El trabajo de John y Julie Gottman diferencia entre plantear una queja sobre una situación concreta y realizar una crítica que ataca el carácter de la pareja. Dentro de su modelo identifican además cuatro patrones especialmente destructivos durante los conflictos: crítica personal, desprecio, actitud defensiva y retirada o bloqueo de la conversación.

Aunque ese trabajo se desarrolló principalmente en parejas, la diferencia básica nos sirve para muchas otras relaciones.

No es lo mismo decir «esto que ocurrió me molestó» que «tú eres el problema».

«Siempre» y «nunca»: dos palabras que suelen incendiar la conversación

«Siempre haces lo mismo». «Nunca me escuchas». «Siempre piensas en ti». «Nunca ayudas».

¿Realmente siempre? ¿Realmente nunca?

A veces esas palabras expresan cansancio acumulado. Quizá exista una conducta repetida y necesitamos hablar de ella. Pero generalizar tiene un riesgo: la otra persona puede encontrar inmediatamente una excepción.

«Eso no es cierto. La semana pasada sí lo hice».

Y de pronto llevamos diez minutos discutiendo sobre la palabra «siempre», mientras el problema original continúa intacto.

Puede ser más útil decir: «Esto ha ocurrido varias veces durante las últimas semanas y necesito que lo hablemos».

Seguimos expresando el problema, pero reducimos el ataque.

El desprecio: cuando dejamos de discutir de igual a igual

Hay otro nivel todavía más delicado: sarcasmo, burlas, ridiculización, insultos, gestos de superioridad o poner los ojos en blanco mientras el otro habla.

En la investigación de Gottman sobre parejas, el desprecio ocupa un lugar especialmente problemático porque ya no comunica solamente desacuerdo: transmite una posición de superioridad y devaluación de la otra persona.

Pensemos en estas expresiones: «¿En serio no entiendes algo tan sencillo?», «qué inteligente eres…», «contigo no se puede» o «eres igualito a tu padre».

El mensaje deja de ser «tenemos un problema» y comienza a parecerse a «yo estoy arriba y tú abajo». Es muy difícil construir una conversación productiva desde ahí.

Entonces aparece la defensa

Cuando sentimos que estamos siendo atacados, defendernos es bastante humano. Nos justificamos, negamos, contraatacamos o buscamos otro culpable.

Por ejemplo:

—«Habías quedado de llamar».

—«¿Y tú por qué no llamaste?».

Ahora ninguno está hablando ya del compromiso original. En estudios de relaciones, la actitud defensiva aparece frecuentemente como respuesta a la crítica y puede contribuir a que la discusión escale.

Pero responsabilizarnos de una parte del problema no significa aceptar toda la culpa. Podemos decir: «Sí, olvidé llamar y eso me corresponde. También quiero hablar de lo que pasó después».

Reconocer nuestra parte no nos obliga a renunciar a nuestra perspectiva.

Y algunas personas simplemente se desconectan

Existe otro patrón muy conocido: una persona insiste; la otra deja de responder, mira el teléfono, se va o contesta únicamente «ajá», «como quieras», «ya».

En psicología de las relaciones se conoce también el patrón demanda-retirada: una persona presiona para hablar o cambiar algo y la otra responde evitando, defendiéndose o retirándose de la conversación. La APA lo describe como un patrón disfuncional asociado con deterioro de las relaciones de pareja.

Pero aquí necesitamos distinguir: no toda pausa es evasión.

Decir «estoy demasiado alterado para seguir hablando bien. Dame veinte minutos y regresamos al tema» puede ser una decisión responsable. La diferencia está en volver.

No es lo mismo hacer una pausa que desaparecer del conflicto indefinidamente o utilizar el silencio como castigo.

Sentirse comprendido puede cambiar la experiencia del conflicto

Hay un hallazgo particularmente interesante. En una serie de siete estudios sobre relaciones cercanas, investigadores encontraron que el conflicto se relacionaba con menor satisfacción especialmente cuando las personas sentían que su pareja no comprendía sus pensamientos, sentimientos o punto de vista. Cuando existía mayor percepción de comprensión, el efecto negativo del conflicto era menor.

Esto no significa que para tener una buena relación debamos estar de acuerdo. Significa que existe una diferencia enorme entre «no pienso como tú» y «ni siquiera me interesa entender por qué piensas así».

De la acusación a la descripción

Existe una práctica muy útil: hablar de conductas observables.

En lugar de «eres flojo», podemos decir «esta semana dejaste pendientes las dos tareas que habíamos acordado».

En lugar de «nunca me haces caso», podemos decir «mientras te explicaba esto, respondiste dos mensajes y cambiaste de tema».

En lugar de «no te interesa esta familia», podemos decir «en las últimas tres semanas no has estado en las actividades que habíamos acordado hacer juntos».

No estamos suavizando artificialmente el problema. Estamos haciéndolo más preciso. Y la precisión ayuda a saber qué tendría que cambiar.

Una herramienta: HECHO – IMPACTO – PREGUNTA – ACUERDO

Cuando necesitamos abordar algo difícil podemos intentar esta secuencia:

1. HECHO

Describe lo ocurrido sin convertirlo todavía en una explicación sobre la personalidad: «Ayer acordamos entregar el documento a las tres y llegó a las cinco».

2. IMPACTO

Explica qué consecuencia tuvo: «Eso hizo que no pudiéramos revisarlo antes de enviarlo».

3. PREGUNTA

Antes de concluir por qué ocurrió: «¿Qué pasó?». Quizá la respuesta confirme nuestra preocupación o quizá aparezca información que desconocíamos.

4. ACUERDO

¿Qué necesitamos hacer diferente? «Para la siguiente entrega, si ves que no llegarás a tiempo, necesito que me avises antes de la hora acordada».

Ahora existe algo observable. Podemos saber si ocurrió o no.

En pareja: atacar el comportamiento sin atacar la dignidad

Una persona puede haber actuado mal. Podemos decirlo, exigir cambios, poner límites e incluso decidir que una relación no debe continuar. Nada de eso requiere humillar.

La APA advierte que los estilos destructivos durante las discusiones —gritos, críticas personales o retirada— se asocian con relaciones menos saludables, mientras que escuchar la perspectiva del otro y tratar de comprender sus sentimientos favorece un manejo más constructivo de las diferencias.

Respetar a alguien no significa aceptar cualquier conducta. Significa que la dignidad de la persona no necesita ser destruida para cuestionar lo que hizo.

Con nuestros hijos: cuidado con convertir una conducta en identidad

Aquí tenemos que prestar especial atención. Un niño derrama algo y escucha «eres muy torpe». Olvida una tarea y escucha «eres un flojo». Dice una mentira y escucha «eres un mentiroso». Se distrae y escucha «eres un irresponsable».

¿Cuál es el riesgo? Que estemos intentando corregir una conducta, pero el niño reciba un mensaje sobre quién es.

Podemos cambiar «eres desordenado» por «dejaste tu ropa y tus cosas en el piso. Necesito que las recojas antes de salir».

El problema continúa siendo atendido. Pero ahora existe algo que puede hacer.

Y con adolescentes las etiquetas pesan todavía más

Durante la adolescencia se está construyendo identidad. Por eso afirmaciones como «eres problemático», «no vas a llegar a nada» o «siempre has sido irresponsable» pueden ser especialmente dañinas.

Eso no significa permitir cualquier comportamiento. Precisamente porque estamos educando, necesitamos separar lo que hiciste de quién eres.

Podemos decir «lo que hiciste fue irresponsable» sin concluir «tú eres una persona irresponsable y siempre lo serás». La primera frase deja abierta la posibilidad de aprender. La segunda convierte un error en destino.

En el trabajo ocurre exactamente lo mismo

Supongamos que un colaborador comete un error. Un jefe puede decir «no tienes compromiso».

¿Exactamente qué debería corregir?

Ahora comparemos: «Durante este mes hubo tres entregas posteriores a la fecha acordada y no recibimos aviso previo. Necesito entender qué está provocándolo y acordar cómo lo vamos a corregir».

Eso puede ser incómodo, pero es mucho más útil.

Un estudio sobre crítica en relaciones encontró que la crítica hostil se asociaba negativamente con el funcionamiento de la relación, mientras que formas no hostiles de crítica mostraban un patrón diferente.

El principio es perfectamente aplicable al liderazgo: corregir no exige descalificar.

En la sociedad: cuando una opinión define toda la persona

Este fenómeno tampoco termina en casa. En conversaciones políticas, sociales o religiosas podemos escuchar «si piensas eso, entonces eres…», y después viene una etiqueta.

La APA recomienda, ante conversaciones sensibles, escuchar qué resulta importante para el otro, buscar puntos compartidos, evitar ataques personales y reconocer cuándo conviene terminar una conversación antes de que escale hacia la hostilidad.

Podemos cuestionar una idea con enorme firmeza, incluso considerar que está profundamente equivocada. Pero existe una diferencia entre «esta idea me parece dañina por estas razones» y «cualquiera que piense eso es una basura».

La primera abre una discusión sobre ideas. La segunda prácticamente la termina.

Separar a la persona del problema

Éste es también uno de los principios clásicos de la negociación desarrollada por el Harvard Negotiation Project: separar a las personas del problema.

La lógica consiste en reconocer que podemos ser firmes respecto del problema sin convertir a la persona en nuestro adversario. Esto no siempre será sencillo, sobre todo cuando estamos dolidos.

Pero podemos imaginarlo visualmente. En lugar de YO ↔ TÚ, tratemos de colocarnos: NOSOTROS → PROBLEMA.

No significa que ambos tengan la misma responsabilidad. Significa que primero intentamos comprender qué necesitamos resolver.

Una práctica para esta semana

Piensa en una frase que utilizas cuando estás enojado. Tal vez «siempre…», «nunca…», «eres…» o «contigo…». Ahora intenta traducirla a una conducta concreta:

La emoción no desaparece. El problema tampoco. Pero ahora podemos hablar de algo más concreto.

Antes de responder, cuatro preguntas

  1. ¿Estoy hablando de lo que ocurrió o definiendo a la persona?
  2. ¿Estoy utilizando «siempre» o «nunca» porque describen realmente un patrón o porque estoy enojado?
  3. ¿Qué cambio concreto estoy pidiendo? Si no podemos responderlo, probablemente nuestra crítica no está ayudando.
  4. ¿Quiero resolver el problema o castigar a la persona por haberme lastimado? Ésta puede ser la pregunta más incómoda y también la más útil.

¿Qué pasa cuando ya dijimos algo que lastimó?

También podemos reparar. «Lo que acabo de decir fue injusto». «No debí insultarte». «El problema que quiero hablar es éste; no necesito atacarte». «Estoy molesto, pero no estuvo bien hablarte así».

Pedir disculpas no elimina automáticamente el daño. Pero reconoce responsabilidad. Y puede impedir que una mala frase se convierta en el nuevo centro del conflicto.

Una idea para quedarnos hoy

Las relaciones necesitan espacio para la inconformidad, para el desacuerdo y para decir «esto que hiciste me lastimó», «no estoy de acuerdo», «necesito que cambie», «no voy a aceptar esta conducta».

Eso no es agresión. El problema aparece cuando dejamos de cuestionar conductas y empezamos a destruir identidades.

Una conducta puede ser equivocada sin que toda la persona sea un error. Una idea puede ser cuestionada sin humillar a quien la expresa. Un límite puede ser firme sin convertirse en desprecio.

Cuando discutimos, no solamente importa qué defendemos. También importa qué hacemos con la persona que tenemos enfrente mientras lo defendemos.

Próxima entrega

Colaborar con personas diferentes: ¿por qué queremos que los demás trabajen, piensen y reaccionen como nosotros? Hablaremos de diferencias personales, complementariedad, estilos, tolerancia y de por qué convivir con alguien distinto puede ser incómodo… pero también profundamente enriquecedor.


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Conocernos · relacionarnos · crecer

Contenido de Edgar Telpalo Consulting publicado en CHOLULA HOY.