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EDICIÓN #079 · ESPECIALES

Especial · Memoria y Contexto · 1 y 2 de noviembre de 2026

Del Mictlán a nuestros altares: el largo camino del Día de Muertos

El viaje por el inframundo mexica, el xoloitzcuintle, las ofrendas familiares y las veladas en los panteones revelan cómo México ha transformado durante siglos su forma de recordar a quienes han muerto.

Ofrenda familiar de Día de Muertos con flores de cempasúchil, veladoras, fotografías, alimentos y adornos de papel picado
Fotografía de una ofrenda familiar de Día de Muertos, proporcionada a CHOLULA HOY para este especial. Autoría no especificada.

Referencia documental de archivo: las celebraciones del Día de Muertos también incluyen expresiones comunitarias y recorridos públicos; la imagen de archivo de Cuautlancingo no representa una ceremonia nahua antigua.

Celebración comunitaria contemporánea de Día de Muertos en Cuautlancingo, fotografía de archivo y contexto, no imagen del Mictlán
Fotografía de archivo de una celebración contemporánea en Cuautlancingo. Recurso contextual; no documenta los ritos descritos en la cosmovisión nahua.

En muchas casas de México, a finales de octubre comienzan a aparecer las flores de cempasúchil, las veladoras, las fotografías y los alimentos que más gustaban a quienes ya no están. Se limpia el panteón, se prepara el pan, se colocan vasos de agua y se abre un espacio a la memoria.

Para algunas personas, las almas regresan por unas horas. Para otras, la ofrenda es una manera de mantener presentes los recuerdos familiares. En ambos casos, la celebración expresa una relación profunda entre los vivos y los muertos.

Pero ¿de dónde vienen estas costumbres? ¿Qué debían atravesar los difuntos para llegar al Mictlán? ¿Por qué aparece un perro en ese viaje? ¿De dónde surgieron las fechas del 1 y 2 de noviembre? ¿Y por qué algunas familias pasan la noche junto a las tumbas?

La respuesta no se encuentra en una sola época. El Día de Muertos que conocemos se formó mediante prácticas funerarias indígenas, celebraciones católicas traídas de Europa, transformaciones de la época colonial y cambios sociales de los siglos XIX y XX.

1. Morir en el México antiguo: varios destinos, no un único inframundo

Entre los antiguos nahuas, el destino después de la muerte estaba relacionado, en buena medida, con la forma de morir. No equivalía a la división cristiana entre cielo e infierno basada en premios y castigos morales.

Según distintas fuentes, quienes morían por causas relacionadas con el agua podían dirigirse al Tlalocan, vinculado con Tláloc. Otras circunstancias de muerte conducían a ámbitos asociados con el Sol; para ciertos niños fallecidos existían también destinos particulares.

Para muchas personas fallecidas por causas comunes, el destino era el Mictlán, ámbito presidido por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl.

El Mictlán no debe describirse simplemente como el infierno de la religión católica. En la cosmovisión nahua era parte de una manera diferente de comprender la muerte, el mundo y la transformación.

También es indispensable distinguir: ésta es una reconstrucción de tradiciones nahuas y mexicas, no una descripción de todas las culturas mesoamericanas. Los pueblos mayas, purépechas y otras comunidades desarrollaron concepciones propias.

2. Los nueve pasos del viaje al Mictlán

Diversos relatos describen nueve niveles o regiones que el difunto debía atravesar en un viaje asociado simbólicamente con cuatro años. Las narraciones, nombres y secuencias presentan variantes entre códices, crónicas y reconstrucciones contemporáneas.

Para facilitar la lectura, presentamos una de las versiones divulgadas por Gaceta UNAM, sin convertirla en la única versión histórica:

1. Apanoayan: el río y el perro. El viajero encontraba un río que debía atravesar con la ayuda de un perro, figura fundamental de los relatos funerarios nahuas.

2. Tepeme Monamictia: las montañas que chocan. Dos elevaciones se juntaban continuamente; había que hallar el momento adecuado para cruzarlas.

3. Iztepetl: el cerro de obsidiana. Un terreno erizado de piedras y filos cortantes representaba otro obstáculo para el difunto.

4. Cehuecayan: el lugar donde hiela. El viajero enfrentaba un ámbito de frío intenso.

5. Itzehecáyan: el viento de obsidiana. Corrientes de aire cortantes dificultaban el descenso.

6. Teocoylehualoyan: el jaguar y el corazón. En la narración aparece un jaguar que devora simbólicamente el corazón del difunto.

7. Apanhuiayo: las aguas oscuras. En un lago oscuro, un ser llamado Xochitónal intentaba impedir el paso.

8. Chiconauapan: el río antes del destino. Una nueva frontera de agua separaba al viajero de la conclusión de su recorrido.

9. La llegada al Mictlán. El recorrido terminaba en el ámbito de los señores del inframundo.

El INAH presenta también una propuesta divulgativa con una organización distinta de los nueve niveles. Esto confirma que no debe publicarse una enumeración como si fuera un mapa único e indiscutido.

Más allá de sus variantes, el relato permite reconocer una idea: morir era también imaginar un viaje, un desprendimiento y un proceso de transformación.

3. El xoloitzcuintle: el compañero del último viaje

Uno de los personajes más entrañables de las tradiciones nahuas sobre la muerte es el xoloitzcuintle, perro originario de México, conocido especialmente por su variedad sin pelo.

En relatos asociados con el viaje al Mictlán, un perro ayudaba al difunto a cruzar las aguas. Su presencia se ha relacionado con Xólotl, deidad que aparece vinculada con la transformación y el tránsito entre ámbitos.

Una versión de la leyenda cuenta que los perros blancos no querían ensuciarse, los negros temían ensuciar el agua y solamente los de pelaje bermejo auxiliaban al viajero. Otra enseñanza popular agrega que quien había maltratado a los perros en vida podía no recibir ayuda.

Estas historias pertenecen al ámbito de las creencias y la tradición oral. No son afirmaciones sobre hechos sobrenaturales comprobados.

Sí existe documentación sobre la importancia simbólica de los perros en rituales mortuorios prehispánicos. Su papel no era meramente decorativo: representaban compañía y guía frente a lo desconocido.

4. El Día de Muertos actual no es una ceremonia prehispánica intacta

La tradición popular suele presentar el Día de Muertos como una celebración que se ha mantenido igual desde antes de la Conquista. Esa explicación resulta incompleta.

Los pueblos mesoamericanos ya tenían rituales funerarios, ofrendas y calendarios propios. Sin embargo, las fechas del 1 y 2 de noviembre proceden del calendario cristiano europeo: Todos los Santos y los Fieles Difuntos.

Estas fiestas llegaron a Nueva España en el siglo XVI. Las poblaciones indígenas tenían sus propias prácticas y significados, que continuaron, se adaptaron o cambiaron en contacto con el catolicismo y la organización colonial.

Los historiadores no emplean exactamente la misma explicación: algunos hablan de sincretismo entre tradiciones indígenas y europeas; otros distinguen la liturgia católica de las prácticas populares y prefieren conceptos como síntesis histórica.

Hay, sin embargo, un punto ampliamente respaldado: la celebración actual reúne elementos de distintas épocas y regiones. Ni todo es prehispánico ni todo llegó de Europa.

5. Reliquias, calaveritas y panes: una celebración que incorporó nuevos símbolos

En la Europa católica medieval adquirió importancia la conmemoración de los santos y los difuntos. Durante determinadas celebraciones se veneraban reliquias asociadas con santos y mártires.

En Nueva España se extendieron las visitas a iglesias, las misas y otras prácticas religiosas. Con el tiempo, la cultura popular incorporó dulces, representaciones de huesos y cráneos y preparaciones de pan relacionadas con la temporada.

El alfeñique, las calaveritas y las numerosas variedades de pan de muerto tienen historias complejas y regionalmente distintas. No hay fundamento para atribuirles a todas un origen único y directo en los sacrificios prehispánicos o en la exhibición de reliquias cristianas.

En Puebla, por ejemplo, la hojaldra forma parte de las tradiciones culinarias de la temporada. En otras regiones existen panes con figuras humanas, animales o cruces.

La comida tiene, además, una dimensión familiar: recordar a una persona también es recordar qué le gustaba cocinar, compartir o comer.

6. El siglo XIX transformó la relación con los cementerios

Hasta la época colonial, numerosas inhumaciones se realizaban en espacios vinculados con iglesias y atrios. A finales del siglo XVIII y durante el XIX avanzaron medidas sanitarias para separar los enterramientos de esos sitios.

En México, la secularización de los cementerios en 1859 fue un cambio decisivo. La administración de los panteones pasó a ser responsabilidad civil y se transformaron las costumbres asociadas con la visita a las tumbas.

Las familias mantuvieron las misas, los rezos y el recuerdo de sus muertos, pero en numerosos lugares incorporaron comidas, flores, recorridos y velaciones en los cementerios.

A partir de los siglos XIX y XX se extendieron formas de celebración más públicas, acompañadas por música, humor, calaveras literarias y expresiones populares.

No fue una transformación idéntica en todas las comunidades. Algunas preservaron ceremonias íntimas; otras desarrollaron fiestas colectivas.

7. El altar familiar: una mesa donde viven los recuerdos

El altar de casa es una de las expresiones más conocidas del Día de Muertos. No existe un único modelo obligatorio ni un número de niveles que deban tener todas las ofrendas.

Los significados cambian entre regiones, familias y creencias. Entre los elementos frecuentes aparecen:

  • Fotografías: identifican a quienes se recuerda y preservan su lugar en la historia familiar.
  • Agua: en numerosas tradiciones se ofrece para aliviar simbólicamente la sed de las almas después del camino.
  • Veladoras: representan la luz que orienta el regreso.
  • Flores de cempasúchil: marcan el camino por su color y aroma; en otros lugares se emplean también flores diferentes.
  • Copal e incienso: aromatizan el espacio y poseen significados rituales.
  • Papel picado: incorpora color y, en algunas interpretaciones contemporáneas, representa el aire.
  • Alimentos, frutas y pan: expresan hospitalidad y evocan gustos familiares.
  • Objetos personales y juguetes: recuerdan intereses, oficios y afectos de quienes murieron.
  • Cruces e imágenes religiosas: están presentes en muchos altares católicos, aunque no en todos los hogares.

Una mesa sencilla con una fotografía y una vela puede tener tanta importancia afectiva como un altar monumental.

El sentido de la ofrenda no reside exclusivamente en sus objetos: reside en la memoria que una familia decide mantener viva.

8. ¿Por qué el 1 se recuerda a los niños y el 2 a los adultos?

El calendario católico establece el 1 de noviembre como Todos los Santos y el 2 de noviembre como Fieles Difuntos.

En muchas expresiones populares mexicanas, el primer día se asocia con la visita de las ánimas infantiles y el segundo con las de personas adultas. Sin embargo, esa distribución no es idéntica en todo el país; algunas comunidades comienzan desde finales de octubre y organizan sus propias secuencias de recibimiento y despedida.

Las costumbres no requieren uniformidad para conservar su valor. En unos hogares hay oración; en otros se escucha música o se cuentan anécdotas. Algunas personas participan por motivos religiosos y otras por memoria familiar o identidad cultural.

9. Las veladas en los panteones: acompañar a quienes ya partieron

En diversas regiones de México, las familias pasan horas junto a las tumbas. Limpian las sepulturas, colocan flores, encienden velas, llevan alimentos y comparten recuerdos.

Las tradiciones de la región del lago de Pátzcuaro, en Michoacán, son especialmente conocidas, pero no representan la única forma de velación. En comunidades de otras regiones, los rezos, la música, la convivencia y los horarios tienen características propias.

Una ceremonia familiar en un cementerio no debe tratarse automáticamente como espectáculo turístico. Quienes visiten estos lugares deben respetar los espacios, las creencias, las indicaciones comunitarias y la intimidad del duelo.

Lo que puede parecer una escena extraordinaria para un visitante es, para una familia, una conversación íntima con su propia historia.

10. Puebla: las ofrendas monumentales de Huaquechula

En el municipio poblano de Huaquechula, las familias realizan altares monumentales que pueden alcanzar varios metros de altura. Se levantan con telas, estructuras escalonadas, flores, velas, imágenes y fotografías.

Son especialmente importantes las llamadas ofrendas nuevas, relacionadas con el recuerdo de personas fallecidas durante el periodo anterior a la celebración.

La preparación reúne trabajo familiar, conocimientos de artesanos y participación comunitaria. El recibimiento de visitantes ocurre dentro de una práctica de duelo y memoria, por lo que conviene mantener una actitud de respeto.

La celebración fue reconocida como Patrimonio Cultural del Estado de Puebla en 1997, según documentación de las autoridades estatales y del Sistema de Información Cultural.

Huaquechula muestra que una ofrenda puede ser al mismo tiempo expresión artística, acto familiar y patrimonio comunitario.

11. Cholula: del recuerdo doméstico a las actividades públicas

En San Pedro Cholula, el Día de Muertos se vive en los hogares, templos, barrios, juntas auxiliares y panteones, además de la programación cultural y turística del municipio.

La edición 2026 de Huey Miccailhuitl, anunciada del 28 de octubre al 2 de noviembre, incluye Cholultlán: Puertas Abiertas al Inframundo, circuito de instalaciones temáticas alusivas al Mictlán, así como ofrendas, gastronomía y actividades culturales.

El circuito utiliza interpretaciones contemporáneas de la tradición del inframundo; no constituye una reproducción literal y demostrada de una ceremonia mexica.

CHOLULA HOY ya informó sobre el programa, sus proyecciones turísticas y los aspectos que merecen seguimiento público en la nota «Huey Miccailhuitl 2026: Cholula proyecta hasta 200 mil visitantes y 30 millones de pesos de derrama». Las cifras citadas en esa publicación son estimaciones oficiales, no resultados comprobados.

Esta investigación histórica cumple una función distinta: explicar las raíces y transformaciones de las costumbres que hoy conviven con los espectáculos y recorridos públicos.

Mientras una parte de la celebración ocurre en plazas y corredores turísticos, en otra casa una familia enciende una vela frente a una fotografía. Ambas escenas forman parte del presente, pero cumplen funciones diferentes.

12. La Catrina: una incorporación relativamente reciente

La imagen de La Catrina se asocia hoy casi automáticamente con el Día de Muertos. No obstante, procede de una historia posterior a la época prehispánica.

Su antecedente es la Calavera Garbancera, de José Guadalupe Posada, vinculada con la caricatura y la crítica social. Diego Rivera contribuyó a consolidar su imagen elegante en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central.

La Catrina muestra cómo una tradición puede incorporar nuevos símbolos, significados y expresiones artísticas con el paso del tiempo.

13. Una tradición viva reconocida por la UNESCO

La UNESCO proclamó en 2003 la festividad indígena dedicada a los muertos como patrimonio cultural inmaterial y la incorporó en 2008 a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

El reconocimiento destaca el retorno simbólico de los difuntos, la importancia de las comunidades indígenas, las ofrendas y la relación con los ciclos agrícolas.

No equivale a afirmar que todos los altares deben ser iguales, que todas las familias creen lo mismo o que la celebración haya permanecido sin cambios durante siglos.

El patrimonio cultural inmaterial vive precisamente porque las comunidades lo practican, transmiten y transforman.

Reflexión final: ¿qué celebramos el 2 de noviembre?

El Día de Muertos puede ser una experiencia religiosa, una tradición cultural, un encuentro familiar o una combinación de esas dimensiones.

Las narraciones del Mictlán hablan de un viaje difícil hacia el mundo de los muertos. La figura del xoloitzcuintle recuerda la necesidad de compañía. El altar ofrece simbólicamente agua, luz y comida. Las velaciones en los panteones convierten el recuerdo en un acto comunitario.

Son expresiones que pertenecen a épocas distintas, pero que hoy comparten un mismo territorio emocional: la necesidad humana de recordar a quienes han muerto.

No celebramos porque la ausencia deje de doler. En muchos hogares celebramos porque el recuerdo permite seguir hablando de quienes ya no están, de aquello que nos enseñaron y del lugar que conservan en nuestra vida.

El Día de Muertos no es una reliquia inmóvil del pasado. Es una tradición viva que México continúa construyendo.

Y quizá ése sea su significado más profundo: encontrar, entre flores, alimentos y fotografías, una forma de acompañar a quienes amamos incluso después de su muerte.

CHOLULA HOY — Noticias con contexto.


Fuentes documentales y lecturas complementarias

La investigación distingue referencias históricas, creencias y versiones de tradición oral. Se conservan las fuentes reunidas en el manuscrito editorial.

  1. INAH — El origen del Día de Muertos
  2. INAH — Día de Muertos, un sincretismo religioso
  3. INAH — El culto a los muertos y el viaje al Mictlán
  4. Gaceta UNAM — Mictlantecuhtli, el dios mexica de la muerte
  5. INAH — Mictlán: los nueve niveles
  6. UNAM Global — La antigua leyenda del xoloitzcuintle
  7. INAH — Ofrendas para los muertos
  8. UNESCO — Indigenous festivity dedicated to the dead
  9. Gobierno de Puebla — Altares monumentales de Huaquechula
  10. CHOLULA HOY — Huey Miccailhuitl 2026
  11. Aristegui Noticias — Entrevista a Veka Duncan, 31 de octubre de 2026
  12. Canal Once — Perspectivas históricas

Materiales de trabajo: infografía «Origen y Evolución del Día de Muertos», resumen de *Perspectivas históricas* de Canal Once (26 de octubre de 2026) y referencias bibliográficas de Veka Duncan (Larousse; verificar edición para paginación).