¿Por qué votamos como votamos? | El voto no se decide sólo con el bolsillo
Primera entrega de una serie sobre economía, identidad, pertenencia, valores y preferencias políticas.

¿Por qué una persona respalda a un partido que, a primera vista, no parece favorecer sus ingresos? ¿Por qué dos vecinos que viven en la misma calle, trabajan en condiciones semejantes y pagan los mismos servicios pueden votar de forma radicalmente distinta?
La pregunta suele formularse con una suposición: si conocemos la situación económica de alguien, deberíamos poder anticipar su voto. Sin embargo, las investigaciones sobre comportamiento electoral muestran un panorama bastante más complejo.
El voto puede responder al empleo y al precio de los alimentos. Pero también a la identidad, la pertenencia, los valores, los recuerdos, la confianza y las ideas que una persona ha construido sobre el país que desea.
Esta primera entrega de la serie «¿Por qué votamos como votamos?» examina precisamente esa tensión. No pretende decirle a nadie por quién debería votar ni atribuir irracionalidad a quienes eligen distinto.
El bolsillo importa, pero no decide solo
Un principio clásico del análisis electoral es el voto económico: los ciudadanos evalúan la situación del país, la de su hogar o la actuación de los gobiernos y pueden premiar o castigar electoralmente a quienes consideran responsables.
No obstante, Christopher J. Anderson, en su revisión de 2007 sobre el voto económico, muestra que los mecanismos de rendición de cuentas no son automáticos. Dependen de las instituciones, de la capacidad de atribuir responsabilidades y de cómo se interpreta el desempeño económico.
Dos personas pueden coincidir en que la economía va mal y llegar a conclusiones políticas diferentes. Una puede responsabilizar al gobierno; otra, a decisiones de gobiernos anteriores, a problemas internacionales o a actores económicos que considera más poderosos.
Por ello, no basta preguntar «¿cómo está la economía?». También hay que preguntar «¿a quién considera responsable cada elector?».
No todos definimos nuestros intereses del mismo modo
Decir que alguien «vota contra sus intereses» puede parecer una descripción objetiva, pero con frecuencia revela una decisión previa de quien analiza: reducir el interés personal al ingreso inmediato.
La mayoría de las personas tiene intereses múltiples. Una persona puede querer mejores salarios y, al mismo tiempo, considerar prioritaria la seguridad. Otra puede valorar la distribución de recursos, pero dar mayor peso a sus convicciones religiosas, a un proyecto de nación, al respeto a sus costumbres o al rechazo a una élite que percibe distante.
Nada de esto borra la importancia de las condiciones materiales. Significa que los valores y las pertenencias también forman parte de aquello que las personas consideran valioso.
A veces existe tensión entre estos objetivos. El elector no responde a una fórmula matemática única; realiza una ponderación que puede cambiar con el tiempo y con las experiencias.
La identidad social: ¿con quién siento que pertenezco?
Los politólogos Michael Kalin y Nicholas Sambanis, en su revisión How to Think About Social Identity (2018), explican que la identidad de grupo puede producir motivaciones tanto materiales como no materiales. Identificarse con una comunidad, un partido o una visión cultural influye en las preferencias y en la conducta política.
No se trata simplemente de que un partido ofrezca un beneficio concreto. Para algunas personas representa «gente como yo», un lenguaje familiar, una historia compartida o la defensa de una forma de vida.
Esta dimensión aparece en distintas orientaciones ideológicas. Ningún sector social ni partido tiene el monopolio de la identidad, la emoción o la racionalidad.
De hecho, un error frecuente del debate público consiste en suponer que mis votantes razonan con datos y los votantes ajenos deciden sólo por emoción o manipulación. Esa comparación desigual impide comprender lo que ocurre.
¿Por qué discutimos tanto sobre «la gente pobre que vota por la derecha»?
La pregunta ha producido investigaciones y polémicas internacionales. En Estados Unidos, Thomas Frank escribió What's the Matter with Kansas? (2004), en la que examinó cómo debates culturales, lenguaje populista y conflictos de clase se relacionaban con el crecimiento del conservadurismo en un estado con una larga historia de movilización popular.
En Brasil, el sociólogo Jessé Souza abordó en O pobre de direita: a vingança dos bastardos (2024) la manera en que clase, reconocimiento, resentimiento y jerarquías sociales pueden entrelazarse en adhesiones políticas.
Esos trabajos ayudan a formular preguntas, no autorizan a trasladar sin más sus conclusiones a México ni a diagnosticar a cualquier votante individual. Tampoco es válido suponer que todas las personas de bajos ingresos comparten una misma ideología o que las de altos ingresos necesariamente votan en sentido opuesto.
Para estudiar México es indispensable atender su propia historia partidista, las identidades regionales, los vínculos territoriales, las políticas sociales, la seguridad, la experiencia con gobiernos y los cambios generacionales.
La memoria y la experiencia también votan
Una misma promesa puede despertar esperanza en alguien que siente que finalmente fue tomado en cuenta y desconfianza en otra persona que recuerda compromisos incumplidos.
La forma en que un ciudadano evalúa una obra, un apoyo o una decisión pública no depende sólo de su existencia. Importan el trato recibido, la experiencia cotidiana y la credibilidad de quien lo anuncia.
También pesan las conversaciones familiares, las amistades, el trabajo, los medios de comunicación y el entorno digital. En ese tejido se aprende qué instituciones parecen confiables, qué problemas merecen mayor atención y qué liderazgos transmiten cercanía.
Por eso, encuestas y resultados electorales describen preferencias en determinados momentos, pero no explican por sí solos por qué surgieron esas preferencias.
Cuidado con dos simplificaciones opuestas
La primera es creer que todo se explica por el dinero. Eso ignora identidades, memorias, conflictos culturales y valores que pueden ser decisivos.
La segunda es afirmar que la economía ya no importa. Eso borra realidades materiales concretas: precariedad, vivienda, servicios, inflación, empleo e inseguridad económica.
Ambos factores pueden interactuar. Una experiencia de desigualdad puede ser interpretada desde la solidaridad, la competencia, el sentimiento de abandono o la desconfianza hacia una autoridad. La interpretación puede orientar una elección política distinta aun ante condiciones objetivamente semejantes.
¿Qué significa para Cholula y Puebla?
En San Pedro Cholula, San Andrés Cholula y Puebla capital conviven barrios tradicionales, juntas auxiliares, nuevos desarrollos inmobiliarios, zonas comerciales, universidades y comunidades con experiencias económicas y territoriales distintas.
No sería riguroso atribuirles automáticamente preferencias electorales. Pero sí es razonable investigar cómo se relacionan las necesidades de agua, movilidad, seguridad, servicios públicos y preservación comunitaria con la confianza en las autoridades y los proyectos políticos.
La pregunta editorial útil no es «¿por qué no votan como deberían?». Es «¿qué problemas consideran prioritarios, cómo atribuyen responsabilidades y qué esperan del gobierno?».
RADAR 2027 podrá documentar procesos, declaraciones y registros de aspirantes. El análisis del comportamiento electoral exige otra clase de herramientas: evidencia, preguntas abiertas y disposición a reconocer que las personas combinan motivos distintos.
Una idea para cerrar
El voto no es solamente una transacción económica. Puede expresar una evaluación de gobierno, una convicción, una esperanza de cambio o un sentido de pertenencia.
Comprenderlo no significa justificar cualquier proyecto político ni dejar de discutir consecuencias. Significa abandonar la tentación de descalificar al elector antes de entender su razonamiento.
Nadie queda explicado por completo mediante su salario, su lugar de residencia o una etiqueta ideológica.
Próxima entrega | 2 de 3
Miedo, esperanza, enojo e identidad: las emociones que también llegan a la urna. Examinaremos cómo influyen los sentimientos políticos y cómo distinguir persuasión legítima, propaganda y manipulación.
Fuentes de contexto académico y editorial:
- Christopher J. Anderson (2007), The End of Economic Voting? Contingency Dilemmas and the Limits of Democratic Accountability.
- Michael Kalin y Nicholas Sambanis (2018), How to Think About Social Identity.
- Thomas Frank (2004), What's the Matter with Kansas?.
- Jessé Souza (2024), O pobre de direita: a vingança dos bastardos (Brasil).
CHOLULA HOY Investiga · Serie de interpretación y contexto electoral. Las conclusiones de obras internacionales se presentan como marcos de análisis, no como mediciones directas de los votantes de Cholula.
